Cuento popular | Nueva ZelandaAl principio, el Padre Cielo y la Madre Tierra estaban cerca, muy cerca el uno de la otra, abrazados con gran, gran fuerza. Estaban tan cerca y tan fuertemente abrazados que sus hijos, que vivían entre ambos, apenas podían respirar. Desesperados, éstos se retorcieron, empujaron, presionaron y lucharon hasta que consiguieron que el cielo se despegase de la tierra y se alejase, elevándose hacia lo alto, arriba, muy arriba.Desde allí, el cielo miró hacia abajo y vio a su esposa, la tierra, libre, hermosa, marrón y suave… pero tan vacía y sola que se sintió avergonzado por haberla dejado atrás, totalmente desnuda.De modo que le confeccionó unos adornos mezclando luz y polvo, los enrolló para crear troncos y ramas y los curvó para dar lugar a hojas y flores. Combinó el marrón con el rojo y el gris con el verde; algunas de sus creaciones se volvían rosas al florecer, otras eran plateadas y tenían forma de estrella, y otras poseían bayas de un negro azulado o frutos dorados. Distribuyó aquellas exquisitas joyas por toda la superficie de la tierra. El cielo se sintió feliz y orgulloso al mirar hacia abajo.La tierra se sintió feliz y orgullosa de sus joyas.Los adornos se sintieron orgullosos y felices de decorar el suelo. Hundieron sus troncos en la tierra y elevaron sus ramas hacia el cielo. Y así, erguidos, han permanecido hasta nuestros días.Y fue así, según cuentan, como surgieron los árboles.Presentación, con SlideFlickr: The Secret Life of Trees. Música: Siempre adelante, de Carlos Saura; música libre en nomag.






















