Desde cerca de mi casa, les veo ir en manadas a pasar la tarde -a matarla, a asesinarla, más bien- en la gran superficie, orgullosamente montados en esos 4x4 o monovolumen que a costa de tantísimo esfuerzo propio y ajeno van a intentar pagar, y que tan absurdos son por su precio, por su elevado y polucionante consumo energético, y porque ya casi nadie tenemos familia numerosa y si vamos al monte, suele ser porque necesitamos andar. Sin embargo, cuando planteas lo contradictorio del asunto a muchos de los que se reclaman socialistas, la respuesta es la misma: yendo a la gran superficie se ahorra en tiempo y en dinero, y hay una amplia oferta que no se encuentra en el comercio pequeño. Lo siento, pero los datos son los datos y está demostrado que las grandes superficies aumentan el gasto familiar, multiplican el transporte contaminante, la construcción de carreteras, la desestructuración del espacio, la polución, la explotación de los pequeños productores, la concentración de capital, los deshechos -en España., una familia media produce 8 kg. de basura/día-, la alienación y la soledad, mientras arruinan la vida comercial de los barrios y destruyen su vida social y sus redes comunitarias y solidarias, así como la creatividad, raíces y conciencia populares, en muchos casos vendiendo la, tan falsa como prostituida, multi-culturalidad. También está claro que son parte de la estrategia del capitalismo en su fase basada en la sobreproducción, y, por tanto, en el sobregasto y el sobreconsumo, es decir, en el consumismo salvaje que nos ha llevado a la situación actual. Del cartesiano “pienso, luego existo” hemos pasado al “compro, luego existo”, y el objetivo máximo de nuestro proyecto de vida es trabajar para gastar, es decir, para intentar saciar una avidez consumista que genera un vacío existencial que los terapeutas yankis llaman “muerte psíquica”, y que se asocia con insatisfacción, baja autoestima, aburrimiento, depresión… En
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