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Reconozco que he estado un poco vaga. Un poco bastante. Después de tres semanas remoloneando bajo el sol de Levante, comiendo arena y bebiendo cloro, leyendo como casi no puedo en todo el invierno, cocinando lo justo (mucha pasta, ensaladas y poco más), vamos sin dar palo al agua, cogimos los bártulos, los chicos, la abuela y dijimos adiós a la brisa marina, al chiringuito de la playa, al mercadillo de los viernes y regresamos a mi Madrid, a mi querida urbe llena de gente, color, vida y obras. Agosto. Los chicos a seguir su gran veraneo ahora con su padre y su madre respectivamente en otras playas; esta es la parte buena de ser un par de divorciados: ellos disfrutan de dos meses de vacaciones y nosotros pasamos casi un mes juntos y solos. 25 días con salidas nocturnas sin pararme a pensar si es jueves o sábado, comiendo cuando nos dictaba el cuerpo que no el horario, partidas de Playstation a dos mandos que duraban hasta las tantas de la noche, emoción y risas en las gradas del Bernabéu. Me he hartado de ver perder a Alonso o ganar a Gasol y los suyos sin preocuparme de la hora. He visto cine por un tubo, he ido de museos, he paseado por la Gran Vía, Sol o el Madrid de los Austrias al atardecer, parando a tapear cuando simplemente nos apetecía. Así que he tenido tiempo, sí... pero la realidad es que no. Ahora ya ha llegado septiembre y otra vez de vuelta a la rutina. Empieza el nuevo curso, hay que comprar libros y uniformes, hay mucho más trabajo y suena el despertador de nuevo a las siete y cuarto. Para mí, el nuevo año empieza realmente ahora, con el nuevo curso escolar. Pero desde luego empiezo con las pilas bien cargadas.
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Reconozco que he estado un poco vaga. Un poco bastante. Después de tres semanas remoloneando bajo el sol de Levante, comiendo arena y bebiendo cloro, leyendo como casi no puedo en todo el invierno, cocinando lo justo (mucha pasta, ensaladas y poco más), vamos sin dar palo al agua, cogimos los bártulos, los chicos, la abuela y dijimos adiós a la brisa marina, al chiringuito de la playa, al mercadillo de los viernes y regresamos a mi Madrid, a mi querida urbe llena de gente, color, vida y obras. Agosto. Los chicos a seguir su gran veraneo ahora con su padre y su madre respectivamente en otras playas; esta es la parte buena de ser un par de divorciados: ellos disfrutan de dos meses de vacaciones y nosotros pasamos casi un mes juntos y solos. 25 días con salidas nocturnas sin pararme a pensar si es jueves o sábado, comiendo cuando nos dictaba el cuerpo que no el horario, partidas de Playstation a dos mandos que duraban hasta las tantas de la noche, emoción y risas en las gradas del Bernabéu. Me he hartado de ver perder a Alonso o ganar a Gasol y los suyos sin preocuparme de la hora. He visto cine por un tubo, he ido de museos, he paseado por la Gran Vía, Sol o el Madrid de los Austrias al atardecer, parando a tapear cuando simplemente nos apetecía. Así que he tenido tiempo, sí... pero la realidad es que no. Ahora ya ha llegado septiembre y otra vez de vuelta a la rutina. Empieza el nuevo curso, hay que comprar libros y uniformes, hay mucho más trabajo y suena el despertador de nuevo a las siete y cuarto. Para mí, el nuevo año empieza realmente ahora, con el nuevo curso escolar. Pero desde luego empiezo con las pilas bien cargadas.
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