[357] Barniz.
Mi príncipe es como un albaricoque de piel dorada, suave y vellosa. Cuando lo encuentro tras días sin verlo, le agarro el cuello con los dientes y sorbo para sentir su jugo en la boca, porque es sabroso y dulce como el helado de limón. Mi infante tierno no es tesoro enterrado, sino más bien sagrario ostentoso y embelesador cuyo contenido, derramado convenientemente, es fuente de vida eterna.
Mi amante a cualquier hora me recibe y de buena gana acudo. Su don recto y enhiesto alegra las yemas de mis dedos cuando pido permiso para llegar a la dermis, que enseguida se eriza de espinas rubitas y sedosas que dan ganas de acariciar o, al menos, lamer. Mi amado se duerme entre mis brazos cuando le paso los dedos por la espalda y se retuerce, espasmódico, si lo hago sobre su costillar. Me gusta sentir a mi amigo encima de mí, y debajo también, y a mi lado, sobre todo a mi lado. El silbido de su respiración llama a mi sueño. Nuestro tiempo juntos es una sucesión interminable de momentos de calma, de sopor, de despertar, de lucha y de paroxismo histérico, y luego de nuevo calma y modorra y vuelta a empezar. Escarbo entre sus paletillas buscando su linfa, que nunca aparece, y entre sus piernas buscando su esperma, que siempre me encuentra: mana entre jadeos, blanco, dulce y tibio, buscando a empellones mis manos y mi pecho y mis brazos y mis hombros y mi cuello para cubrirlos todos de un barniz brillante y viscoso, chorreando sobre ellos hasta llegar a mis pies, formando charcos sobre el suelo y dejando su señal sobre las paredes y el techo y las ventanas y los espejos, donde permanece durante días como muesca en la culata.
Los ojos de meu amante, meu amigo son simas aromáticas cubiertas de musgo o líquen, no sabría distinguirlos. A veces me asomo a su borde llevado por un impulso que algo debe de tener de masoquista o de autodestructor, puesto que el fondo oscuro que no alcanzo a ver me provoca un vértigo que me hace caer de culo, como cae un bebé que aprend